dijous, 8 de maig del 2014

La desaparición de las abejas amenaza el 70% de cultivos para consumo humano


 


Greenpeace pide que se prohíban los productos químicos nocivos para estos insectos

Casi tres cuartas partes de los cultivos para consumo humano españoles están en jaque por el declive de la población de abejas y de otros polinizadores, según un estudio presentado hoy en Barcelona por Greenpeace. Kiwis, calabazas, melones, sandías, calabacines, manzanas, melocotones o almendras son algunos de los cultivos más dependientes de la polinización de estos insectos y, por este motivo, la entidad ecologista alerta de que, en algunos casos, su producción podría caer hasta un 90% e, incluso, llegar a desaparecer.
En el estudio de Greenpeace se pone de relieve la importancia que los insectos polinizadores tienen para el sector agrícola. La entidad calcula que el beneficio económico de este "trabajo gratis" supera los 2.400 millones de euros, según datos del 2011.


Pero este "trabajo" de los insectos, y en especial de las abejas, está amenzado. El sector apícola denuncia que la mortalidad de abejas se sitúa entre el 20% y 40% en el conjunto de España y, en el caso de Galicia, el 56% de las colonias de abejas han desaparecido desde el año 2000. Un caso similar es el de las mariposas, que también llevan a cabo la polinización, ya que su población se ha visto reducida a la mitad en 20 años.
La entidad ecologista relaciona la alta tasa de mortalidad de la población de abejas con, especialmente, el uso de productos fitosanitarios y a la aparición de la avispa asiática que, según la ONG, puede amenazar al sector económico español que depende de la polinización. Greenpeace alerta de que en España el uso de pesticidas aumentó un 56% entre 1990 y 2010. Asimismo, la ONG pide que se prohíban 317 productos fitosanitarios que se usan en el campo que el propio Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente califica  como “muy peligrosos”, “peligrosos” o incluso “alta peligrosidad” para las abejas.
Además, la organización urge a los gobiernos el desarrollo de un plan integral de acción para proteger a las abejas melíferas y demás polinizadores, y establecer una hoja de ruta para que, en 2050, el 100% de los cultivos españoles sean ecológicos. Para empezar, la entidad propone ampliar a 7,6 millones las hectáreas destinadas al cultivo ecológico en España, lo que supondría un 30% del territorio agrícola.
La organización ha recordado que, a pesar de que la polinización es una actividad que pasa "muy desapercibida", su función es "fundamental", ya que de ella depende un tercio de la alimentación mundial. Greenpeace afirma que España "tendría que ser el principal defensor de estas especies", ya que es una de las más importantes economías agrícolas de Europa y en la que hay mayor número de apicultores.
El sector español más afectado por la reducción de la población de abejas es, según la entidad, el de los frutos secos, seguido por el frutícola y el hortícola. Especialmente grave es el caso de la industria de la almendra en España, que es la segunda del mundo, ya que su supervivencia depende en un 90% de la polinización.
Las comunidades españolas que mayor beneficio económico tuvieron en 2011 por la polinización fueron Andalucía, con 878 millones de euros; Cataluña (321); Murcia (249); Aragón (194) y Extremadura (183). Asturias, con una ratio de vulnerabilidad del 34%, Cataluña (25%), Murcia (24%), Aragón (17%) y Galicia (16,5%) son las comunidades autónomas más amenazadas por la pérdida de especies polinizadoras, cuya función Greenpeace considera "insustituible". Greenpeace ha advertido que es necesario tomar decisiones respecto a este problema, ya que "de ello dependen las generaciones futuras".

dimarts, 6 de maig del 2014

Una mina de uranio atravesará un área protegida en Salamanca


 


Grupos ecologistas denuncian el proyecto ante la UE por su riesgo ambiental

Como si se tratase de una aparición, los grupos de jubilados que pasean por la carretera SA-322 junto a Baños de Retortillo (Salamanca) se detienen, perplejos, ante las oficinas que Berkeley Minera España SA, de matriz australiana, acaba de construir en medio del encinar. Son la primera muestra visible del proyecto Retortillo-Santidad; un plan que, cuando se materialice, albergará una de las pocas minas de uranio a cielo abierto que hay en Europa.
La explotación está ubicada apenas a un kilómetro del balneario, en medio de un bosque mediterráneo de gran valor ecológico y ambiental. De hecho, existen dos directivas europeas que protegen la zona dentro de las redes ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) y LIC (Lugar de Importancia Comunitaria). Pero estas no han sido obstáculo para que la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León emitiese, el 25 de septiembre de 2013, una Declaración de Impacto Ambiental (DIA) favorable al proyecto. Una “decisión precipitada e incomprensible”, según José Luis Moreno, presidente de la plataforma Stop Uranio; y que choca, además, con la prudencia que sí ha tenido la Comisión Europea al conocer el proyecto, que ha decidido abrir un expediente informativo en respuesta a la denuncia interpuesta, el pasado 30 de agosto, por Stop Uranio. Esta plataforma denuncia que Berkerley “incumple el Programa General de Medio Ambiente de la UE de horizonte 2020”, por el que se pretende “que el capital natural esté protegido y mejorado, además de que se salvaguarden la salud y el bienestar de los ciudadanos”. La Comisión aún está recabando datos y no ha decidido si llevará el expediente adelante.

La explotación dejará en la zona residuos radiactivos
Por su parte, el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) tiene entre sus competencias exigir a la empresa que cumpla los protocolos que rigen para este tipo de explotaciones. Y si considera que el dossier está incompleto, se lo hace saber. Así ocurrió el pasado 5 de marzo, cuando pidió a Berkeley que hiciese correcciones tras haber observado “carencias significativas”. Le viene a decir que los residuos son radiactivos y deben ser tratados como tales; no como pretende la empresa, que los considera residuos sin más y así podría depositarlos al aire libre o en el hueco que deje la extracción de mineral. “Lo que el CSN pide es un tratamiento similar al que se requiere para los cementerios nucleares”, comenta Gabriel Risco, portavoz de Equo en la región.
También los portugueses se han interesado por la mina —la frontera apenas queda a 50 kilómetros—. Grupos ecologistas de ambos países se han reunido recientemente en Villavieja (pueblo al que pertenece parte del yacimiento) para denunciar los daños que explotaciones como esta, en las que se manipula mineral radiactivo, pueden causar a las personas y al medio ambiente.
Mientras tanto, Berkeley sigue cumpliendo los plazos y aportando la documentación que le exige el CSN y espera que la Administración le autorice a iniciar los trabajos cuanto antes. “Confiamos en que sea a principios de 2015”, dice Francisco Bellón, su director general, quien añade por si alguien dudara de la seguridad del proyecto: “Hemos pedido estudios radiológicos, medioambientales, sobre el impacto del ruido y las explosiones o sobre la restauración de terrenos a empresas especialistas internacionales”. “Entiendo que la mina pueda generar alguna sensibilidad, pero precisamente por eso hemos desarrollado un proyecto absolutamente riguroso”, concluye. Y es que, efectivamente, la “sensibilidad” en la zona es grande; unos porque creen que la mina va a ser el maná que les saque de pobres —Berkeley ha prometido crear 196 empleos—, y otros porque no acaban de entender que “pueda cometerse tal salvajada ecológica y medioambiental, además de que se va a envenenar a la población”, dice Jesús Cruz, autor de un blog muy activo en contra de la mina.

La empresa espera empezar los trabajos a principios de 2015
Aunque lo que prima es el miedo. Miedo que no se expresa habitualmente, pero que altera el rostro cuando alguien pronuncia palabras como uranio, radiactividad, Fukushima, Chernóbil o cáncer. Además, la población teme que la mina les impida comercializar su ganado (cerdo ibérico y vacas morucha, sobre todo) o que los bosques de robles, alcornoques y encinas se mueran por efectos del polvo radiactivo. De momento, solo para que la mina se abra, más de 25.000 de estos árboles deben ser arrancados.
La veta de uranio, de 4,3 kilómetros de longitud, casi uno de ancho y 120 metros de profundidad (según las prospecciones de Berkeley), está partida en dos por el río Yeltes, cuyo cauce y riberas están protegidos por las directivas europeas ya citadas. La empresa tiene previsto vallar 2.517 hectáreas, de las que 240 estarán ocupadas por la huella minera, escombreras y una decena de balsas; enormes contenedores de líquido que mediante el procedimiento de lixiviación estática facilitarán la extracción del óxido de uranio (U3O8). Este sistema requiere cantidades ingentes de agua que, mezclada con productos químicos como el ácido sulfúrico, la sosa cáustica o el ácido clorhídrico, posibilitará la decantación del mineral.
El yacimiento, según Berkeley, alberga cinco millones de kilos de U3O8 que, “al precio actual en el mercado a largo plazo”, explica Bellón, “tendrían un valor de más de 430 millones de euros”. “La mina, entendemos, es muy rentable”, concluye Bellón. Eso a pesar de que la vida prevista son 10 años y la inversión se calcula en 354 millones de euros.

 

El ruido que trae el dinero

Uno de los yacimientos de uranio en superficie más ricos de Europa y, por tanto, fácil de explotar está en un territorio que durante los siglos IX al XII fue tierra de nadie y que hoy, azotado por la emigración y el desempleo, vive todavía en el olvido. “Hasta que llegó Berkeley... Nadie hasta entonces se había ocupado de esta comarca”, se queja José Luis Moreno, presidente de Stop Uranio. Pueblos como Retortillo, de 244 habitantes, según datos del INE de enero de 2012; Villavieja, 899; Villares, 132; o Boada, 307, son fiel reflejo del abandono secular que sufre esta comarca. Una comarca con bosques que albergan aves como la cigüeña negra o el buitre leonado y, en sus corrientes fluviales, especies endémicas como la sarda salmantina.
Esta tierra estaba tranquila hasta que llegó el dinero fácil del uranio. Y los 50 millones de euros que dice haber invertido ya Berkeley en la zona han provocado no poco ruido. ¿En qué los ha gastado? “Parte de ellos en comprar voluntades y quién sabe si también a algunos alcaldes”, denuncia el activista Jesús Cruz.
Villavieja y Retortillo han recibido ya 86.528 euros el primero y “algo más de 110.000 el segundo”, según Javier Santamartina (PP), su actual regidor. También Villares de Yeltes, aledaño a la mina, “ha cobrado algo”, dice el alcalde, José Manuel Hernández (PP). “Les hemos sacado 19.000 euros de compensación para el pueblo”, dice.
Jorge Hernández, alcalde de Villavieja (PSOE), pueblo al que pertenece el yacimiento Santidad, se justifica: “Si el pueblo se levanta, este Ayuntamiento se pone en cabeza, pero aquí nadie ha protestado”. No es de la misma opinión el alcalde de Boada, Matías Garzón (PSOE), que convocó un referéndum. ¿Resultado? El 98% del pueblo votó en contra de la mina. “Es un disparate y el daño será irreparable para todos”, augura Garzón.